Acerca del libro
Tu Segundo Cerebro: La Asombrosa Conexión Mente-Intestino es un libro revelador que explora uno de los descubrimientos más impactantes de la ciencia moderna: el sistema nervioso entérico, una red de millones de neuronas que vive en tu abdomen y dialoga constantemente con tu cerebro.
A través de un enfoque claro, profundo y accesible, esta obra muestra cómo la salud intestinal, la microbiota, el nervio vago y los neurotransmisores digestivos influyen directamente en tus emociones, tu claridad mental, tu nivel de estrés, tu autoestima y tu manera de tomar decisiones. No es solo divulgación científica: es una invitación a comprender tu cuerpo como una unidad inseparable de mente y emoción.
El libro combina neurogastroenterología, psicología, bienestar emocional y ejemplos reales para demostrar por qué ansiedad, cansancio, intuición o calma pueden tener su origen en el intestino. Lejos de promesas mágicas, ofrece comprensión profunda y herramientas prácticas para mejorar tu equilibrio mente-cuerpo desde dentro.
Tu Segundo Cerebro es ideal para quienes buscan salud y bienestar, autoconocimiento, y una nueva forma de entenderse. Porque cuando entiendes tu intestino, empiezas a entenderte a ti.
Oscar González
Capítulo 1: la inteligencia que vive en tu intestino
Si te dijera que en este mismo momento llevas un cerebro extra viajando contigo, quizá pensarías que exagero, o que estoy usando una metáfora demasiado atrevida. Pero no. Hablo de algo muy real, físico, complejo y sorprendentemente autónomo: tu intestino. Más concretamente, el sistema nervioso entérico, un conjunto de más de 500 millones de neuronas —más que las que tiene el cerebro de un gato— que vive en silencio dentro de ti, tomando decisiones, enviando señales, aprendiendo, recordando y, en ciertos aspectos, actuando como si fuese un cerebro en miniatura. Y no, no es un invitado pasivo. Influye en tu estado de ánimo, tu forma de pensar, tus elecciones, tu energía diaria, tu capacidad para conectar con los demás y hasta en cómo reaccionas ante la vida.
Si te sorprende esta idea, no estás solo. Mucha gente nunca ha detenido su mirada “interior” para descubrir que lleva dentro una red neuronal tan vasta como misteriosa. Normalmente pensamos en el intestino como un simple tubo encargado de digerir lo que comemos. Y sin embargo, mientras lees estas líneas, tu segundo cerebro está analizando, ordenando, regulando y comunicándose con tu mente principal como si ambos estuvieran conectados por una autopista de información de doble sentido. Y, efectivamente, lo están: el nervio vago, esa enorme autopista biológica que funciona como un cable de fibra óptica entre tu abdomen y tu cráneo.
Quizá te resulte curioso saber que más del 80% de la información que circula por el nervio vago no viaja desde el cerebro hacia el intestino… sino al revés. Es decir: tu intestino informa muchísimo más a tu cerebro que tu cerebro a tu intestino. Esto cambia las reglas del juego. Significa que no solo piensas con la cabeza: también piensas —y sientes— con el estómago.
Esto no es una idea moderna. De hecho, desde la antigüedad, los seres humanos intuían que en el abdomen residía un “centro emocional”. Los romanos utilizaban la expresión “in visceribus” para referirse a una verdad profunda, como si las vísceras hablaran. Los japoneses tienen un concepto precioso llamado “hara”, que describe el vientre como el eje de la fuerza interior, la calma y la autenticidad. Y en la Edad Media, los médicos árabes ya observaban que quienes sufrían problemas digestivos también padecían melancolía o irritabilidad. Lo fascinante es que hoy, más de mil años después, la ciencia moderna está demostrando que estas intuiciones culturales tenían una base más que legítima.
Permíteme contarte una historia real que ilustra este punto. En 1885, un cirujano estadounidense llamado William Beaumont, considerado el “padre de la fisiología digestiva”, publicó un estudio basado en algo prácticamente imposible de repetir hoy: la observación durante años de un paciente llamado Alexis St. Martin, quien tras un disparo accidental quedó con una abertura permanente en el estómago. Beaumont descubrió, entre muchas cosas, que el estado emocional del paciente alteraba la velocidad y la intensidad de la digestión.
Cuando St. Martin estaba enfadado, angustiado o triste, el estómago casi se “apagaba”. Cuando estaba alegre, relajado o esperanzado, el estómago trabajaba como si recibiera una orden de arranque. Beaumont concluyó que “la mente influye directamente en el estómago”. Lo que nunca imaginó es que, un siglo después, descubriríamos que la influencia también viaja en la dirección contraria.
Hoy sabemos que el intestino no es un simple receptor pasivo de emociones: las genera, las modula y las intensifica. Produce cerca del 95% de la serotonina del cuerpo, un neurotransmisor crucial para la felicidad, el bienestar, el sueño y la estabilidad emocional. También fabrica dopamina, GABA y otras moléculas que afectan decisiones, impulsos, miedo, calma y motivación. Todo eso ocurre dentro de ti sin que tengas que pedir permiso. Y lo más llamativo: tu cerebro obedece muchas de las señales químicas que nacen en el intestino.
Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de cirujanos militares británicos documentó un fenómeno llamado “reflejo abdominal emocional”. Descubrieron que soldados sin lesiones cerebrales, pero con traumatismos abdominales severos, sufrían ataques repentinos de pánico, llantos, risas involuntarias o euforia. Sin daño neurológico aparente, los médicos no entendían por qué. Décadas más tarde, investigaciones del University College London confirmaron que el intestino puede generar respuestas emocionales intensas incluso cuando el cerebro está intacto, debido a la activación masiva de neuronas entéricas bajo estrés físico extremo. En otras palabras: el intestino puede sentirse triste, asustado o eufórico sin que el cerebro lo “ordene”.
Si lo piensas, quizá esto te haya pasado alguna vez. ¿Has sentido un nudo en el estómago justo antes de una conversación importante? ¿Una presión interior cuando estás a punto de tomar una decisión difícil? ¿Ese “instinto” inexplicable que te dice si algo encaja o no? ¿O incluso un vacío extraño en días de ansiedad, aunque hayas comido bien? Son señales de este segundo cerebro hablándote en su propio idioma: sensaciones, tensiones, cambios en la motilidad, impulsos eléctricos microscópicos que tu mente interpreta como emociones físicas.
Déjame compartirte una anécdota más, esta vez de un caso que muy poca gente conoce porque aparece en los archivos clínicos del Instituto Karolinska de Suecia. En los años 70, estudiaron a un paciente que había perdido casi por completo la sensibilidad emocional consciente debido a una lesión cerebral. No podía sentir alegría, miedo o tristeza de manera típica… pero sí experimentaba cambios digestivos profundos ante estímulos emocionales: diarrea súbita cuando veía imágenes perturbadoras, plenitud gástrica cuando recordaba un evento agradable de su infancia, náuseas cuando escuchaba discusiones. Los investigadores concluyeron que “la emoción persiste en el cuerpo incluso cuando desaparece en la mente”. Una idea extremadamente poderosa: tu intestino puede sentir incluso cuando tu cerebro no puede.
Quizá te preguntes por qué todo esto es tan importante. Porque ignorar la comunicación mente-intestino es ignorar una parte esencial de quién eres. No puedes separar lo que sientes de lo que digieres, ni lo que piensas de lo que ocurre en las profundidades silenciosas de tu abdomen. Vivimos en una sociedad que trata el intestino como un simple filtro, cuando en realidad es un centro regulador vital que influye en tu energía, tu motivación, tu ansiedad, tu claridad mental y hasta en tu capacidad para conectar emocionalmente con otras personas.
A partir de aquí, quiero llevarte en un viaje profundo, sorprendente y extremadamente revelador por este universo interior que tienes dentro y que quizá nunca habías considerado tan importante. Pero antes de seguir, quiero que te quedes con una idea clara: tu segundo cerebro influye en tu vida mucho más de lo que imaginas, y comprenderlo te dará herramientas para optimizar tu bienestar físico, emocional y mental de una forma casi transformadora.
Capítulo 2 — El lenguaje oculto de tu segundo cerebro
Si te impresionó descubrir que llevas un cerebro alternativo dentro del abdomen, ahora quiero que vayamos un paso más allá. No basta con saber que existe: la verdadera clave está en comprender cómo se comunica, cómo influye en tu conducta cotidiana y cómo moldea silenciosamente tu forma de ver el mundo. Porque este segundo cerebro no grita, no usa palabras, no emplea un lenguaje lógico. Usa sensaciones, impulsos, tensiones musculares, hormonas, neurotransmisores y una sinfonía de señales químicas que, aunque no las escuches conscientemente, determinan tu estado interno.
Piensa en cuántas veces has tomado decisiones que no puedes explicar del todo. “No sé por qué, pero algo me dice que esto no está bien.” O lo contrario: “Tengo el presentimiento de que este camino es el correcto.” Ese “algo” es tu red entérica procesando datos que tu mente racional ni siquiera detecta. Suena misterioso, pero tiene una base científica sólida: las neuronas de tu intestino están conectadas a receptores inmunológicos, endocrinos y metabólicos que reciben información instantánea del entorno interno. Mientras tu cerebro racional intenta organizar ideas, el intestino capta cambios microscópicos en temperatura, glucosa, hormonas o inflamación y los convierte en señales que interpretas como intuiciones o emociones corporales.
Y este lenguaje tiene matices muy precisos. No es lo mismo un “nudo en el estómago” por ansiedad anticipatoria que un “vacío súbito” por una amenaza emocional, o esa ligera sensación expansiva cuando algo te entusiasma. Aunque parezcan simples metáforas, detrás de cada una hay cambios muy reales en la actividad entérica.
Déjame contarte una historia real que ilustra esta precisión. En 2013, un equipo de la Universidad de Exeter analizó cientos de diarios de marineros británicos del siglo XIX que describían decisiones tomadas en situaciones extremas. Uno de los patrones más repetidos era la frase “sentí el estómago subir” antes de cambiar rumbo o evitar un peligro. Lo sorprendente es que, al estudiar los registros meteorológicos y las posiciones del barco, descubrieron que aquellas decisiones basadas en sensaciones abdominales coincidían con amenazas reales, como torbellinos, cambios bruscos de viento o zonas de baja presión. No era magia ni superstición: el estrés físico del entorno activaba respuestas entéricas que el cerebro racional aún no percibía, pero el cuerpo traducía en sensaciones claras.
Este tipo de hallazgos ha llevado a muchos científicos a afirmar que el intestino actúa como un sistema de “alerta temprana”, casi un radar emocional. Mientras el cerebro analiza, compara, calcula y evalúa, el intestino detecta directamente las consecuencias físicas de aquello que estás viviendo, y te lo dice en tiempo real.
En los años 90, investigadores franceses descubrieron un fenómeno que llamaron “la firma intestinal del peligro”. Analizando soldados en simuladores de combate, observaron que, antes incluso de que los participantes vieran una amenaza en la pantalla, su intestino ya había cambiado su patrón de contracción. Era como si el segundo cerebro detectara las microseñales del cuerpo —respiración acelerada, aumento de temperatura en las manos, tensado del diafragma— y respondiera anticipándose a la percepción consciente. En otras palabras: tu intestino puede reaccionar antes que tu mente.
Y esto no solo ocurre en situaciones extremas. Te pasa cada día. Cuando una persona te incomoda, cuando una oportunidad te entusiasma, cuando entras a un lugar en el que no te sientes seguro o cuando te enfrentas a una conversación difícil. Lo que sientes en el abdomen es tu sistema entérico analizando la profundidad de la situación.
Hay también historias históricas fascinantes que muestran que este conocimiento ha estado circulando entre las personas intuitivas mucho antes de que la ciencia moderna lo confirmara. Una de mis favoritas es la del filósofo danés Søren Kierkegaard. En una carta enviada a su hermano, contaba que antes de tomar decisiones importantes —desde rechazar un compromiso sentimental hasta publicar sus obras más polémicas— pasaba un rato en silencio escuchando “cómo respondía su estómago”. Describía una especie de expansión cálida cuando una decisión era acertada y una presión dura y oscura cuando no lo era. Para él, el estómago era una brújula emocional. Lo increíble es que esta anécdota se descubrió medio siglo antes de que la neurogastroenterología moderna demostrara que las emociones y la toma de decisiones se ven profundamente afectadas por el sistema nervioso entérico.
Si te paras a pensarlo, quizá tú también tengas recuerdos de haber sentido una certeza interna indescriptible en momentos decisivos. Esa certeza no venía de tu mente racional, sino de una región del cuerpo diseñada, precisamente, para evaluar amenazas, oportunidades y desequilibrios. Y lo mejor: no miente. El cerebro puede racionalizar y justificar lo que quiere, pero el intestino responde únicamente a la verdad fisiológica del momento.
Ahora bien, la comunicación entre cerebro e intestino no solo se basa en sensaciones intuitivas. También existe una conversación química compleja que, literalmente, modifica tu conducta. El intestino, por ejemplo, puede inducirte a buscar ciertos alimentos, no porque los necesites, sino porque su microbiota —los microorganismos que viven dentro de ti— envía señales químicas que influyen en tus antojos. Algunas bacterias producen sustancias similares a opiáceos para motivarte a alimentarlas; otras fabrican moléculas que aumentan o reducen tu ansiedad. Pareciera que tus preferencias alimentarias fueran decisiones libres… pero muchas veces son negociaciones internas entre tú y tus microhuéspedes.
En 2016, un estudio japonés descubrió algo increíble: ciertas bacterias del género Bifidobacterium alteraban la liberación de GABA en ratones, reduciendo su propensión al miedo. Cuando la microbiota se modificaba, los animales se volvían más valientes o más temerosos. Y aunque los resultados en humanos todavía están en estudio, ya sabemos que la composición de tu microbiota influye en tu resiliencia emocional, tu motivación y tu tendencia a la preocupación.
Esto nos lleva a una idea poderosa que quiero que te lleves hoy: tu estado emocional no nace únicamente en tu mente; es el resultado de un diálogo constante entre tu cerebro, tu sistema entérico y tu microbiota. Tres actores, una sola película.
Y por si esto fuera poco, existe otro dato muy rebuscado que quiero compartirte. En la década de 1960, el cardiólogo estadounidense Bernard Lown —premio Nobel de la Paz y creador del desfibrilador moderno— observó algo tan extraño como esclarecedor: pacientes que sufrían arritmias emocionales (alteraciones del ritmo cardíaco provocadas por estrés) también presentaban patrones irregulares de motilidad intestinal. Lown lo llamó “la tríada visceral”: emociones, corazón e intestino trabajando al unísono. Su investigación, archivada durante décadas, ha sido recientemente revisitada porque coincide con nuevos descubrimientos sobre la influencia del intestino en la variabilidad cardíaca, un indicador clave de bienestar emocional.
Lo que quiero que entiendas es esto: tu intestino no es un órgano aislado; es parte de una red emocional integrada que influye en cada aspecto de tu vida. Desde tu energía hasta tu claridad mental, desde tu toma de decisiones hasta tu forma de manejar relaciones.
Y cuanto más entiendas su lenguaje, más herramientas tendrás para cambiar tu vida desde dentro.
Capítulo 3 — Cuando el intestino piensa por ti: decisiones, comportamientos y percepciones
Ahora quiero llevarte un poco más lejos, a un terreno donde las cosas se vuelven aún más fascinantes. Porque el intestino no solo siente, advierte o reacciona… también condiciona decisiones concretas, moldea tus preferencias, altera tu percepción del riesgo, te empuja a comportarte de ciertas maneras e incluso puede cambiar tu personalidad a lo largo del tiempo.
Puede sonar exagerado, pero déjame mostrarte por qué no lo es.
Imagina que vas caminando por la calle y de pronto percibes un aroma dulce, cálido y muy concreto: pan recién horneado. No estás pensando en comida, ni tenías hambre, ni has tomado la decisión consciente de entrar a una panadería. Sin embargo, algo en tu interior se activa. No es tu razón: es tu intestino respondiendo a señales químicas del entorno antes de que puedas analizarlo. La liberación de grelina aumenta, las contracciones gástricas se modifican, la microbiota detecta la presencia de un posible alimento rico en carbohidratos… y entonces te descubres girando, entrando y tentándote.
Claro, puedes resistir. Pero lo interesante es que el impulso nace en tu sistema entérico, no en tu cerebro racional.
Esto puede parecer un simple ejemplo cotidiano, pero refleja algo mucho más profundo: el intestino toma decisiones rápidas, automáticas, profundamente conectadas con tu supervivencia emocional y fisiológica. Y esas decisiones, aunque no sean órdenes directas, influyen en ti lo suficiente como para mover tu comportamiento.
Un descubrimiento increíblemente revelador ocurrió en 2004, cuando un equipo de la Universidad de Pensilvania analizó registros de compra de casi 10.000 personas comparándolos con datos sobre su microbiota intestinal. Lo sorprendente es que encontraron una correlación consistente entre ciertos perfiles bacterianos y decisiones de compra impulsiva, especialmente en alimentos ricos en carbohidratos simples. Lo más impactante no fue la correlación en sí, sino que cuando se alteraba la microbiota con intervenciones dietéticas, las decisiones impulsivas disminuían de manera significativa. No hablamos de pensamientos racionales cambiando… sino del intestino alterando la toma de decisiones.
No solo eso. Existen casos documentados donde, tras intervenciones médicas o cambios de dieta extremos, la personalidad de alguien cambia de forma sorprendente. Permíteme contarte una historia real que aparece en los archivos clínicos del Hospital General de Massachusetts.
En los años 80, una mujer llamada Helen —nombre ficticio para proteger su privacidad— sufría de colon irritable severo y depresión resistente a tratamiento. Tras años de sufrimiento, decidió participar en un estudio experimental de modificación intensiva de microbiota. Lo impactante es que, a los seis meses, no solo mejoraron casi por completo sus síntomas digestivos… también cambió su carácter. Pasó de ser retraída y temerosa a segura y comunicativa. Contaba que por primera vez sentía “calma dentro del cuerpo, como si mi estómago hubiese dejado de luchar contra mí”.
Los médicos, desconcertados, concluyeron que “la estabilidad emocional parecía haber emergido desde el sistema entérico”. Y aunque hoy sabemos más al respecto, aún seguimos sin comprender la profundidad de esa relación.
En otras palabras: cuando tu intestino se equilibra, tú cambias.
Y si tu intestino se desequilibra… también cambias.
No es casualidad que tantas personas describan su ansiedad como algo “que empieza en el estómago”. En 2011, una investigación del Instituto Tecnológico de California realizó un experimento muy curioso: presentaron imágenes emocionalmente neutras a un grupo de voluntarios mientras registraban la actividad de su sistema entérico mediante sensores internos. Descubrieron que, cuando el intestino estaba en un estado de “tensión basal elevada”, los participantes interpretaban imágenes neutras como amenazantes; en cambio, cuando el intestino estaba en un estado relajado, las mismas imágenes se percibían como agradables o indiferentes.
El hallazgo fue contundente: la percepción del mundo cambia según el estado de tu intestino.
Esto significa que hay días en los que no estás viendo el mundo tal y como es, sino tal y como tu abdomen lo filtra. No porque seas negativo o estés exagerando, sino porque tu segundo cerebro está enviando señales que tu mente traduce como emociones, pensamientos o interpretaciones. En otras palabras: tu microbiota, tu inflamación interna, tu motilidad y tus neurotransmisores digestivos colorean tu mundo interior.
Durante los años 50, un par de psiquiatras británicos, Michael Gelder y Jack Rachman, estudiaron a un grupo de pacientes con ansiedad crónica que al mismo tiempo sufrían disbiosis intestinal severa. Lo inesperado fue que cuando se trató la disbiosis con lo que entonces eran tratamientos rudimentarios —principalmente antibióticos de espectro estrecho—, algunos pacientes experimentaron disminuciones dramáticas de ansiedad, incluso antes de recibir terapia psicológica. En sus notas clínicas aparece una frase sorprendente: “el cambio emocional se produjo antes que el cognitivo”. En otras palabras, el intestino se calmó antes de que lo hiciera la mente, y la mente siguió su ejemplo.
Tan revelador como desconcertante.
Todo esto nos lleva a una conclusión poderosa: tu segundo cerebro participa activamente en tu identidad. No solo en cómo decides o en cómo sientes, sino en quién eres cuando interactúas con el mundo.
Y aquí aparece un concepto moderno que quiero que guardes con claridad: embodiment. Significa “mente encarnada”, la idea de que no pensamos solo con la cabeza, sino con todo el cuerpo. El intestino es un epicentro de ese pensamiento corporal. No produce ideas abstractas ni ecuaciones matemáticas, pero produce emociones, impulsos, corazonadas, inclinaciones, rechazos y afinidades… componentes esenciales de tu personalidad.
Una de las curiosidades más impresionantes sobre este tema proviene de un estudio del 2018 de la Universidad de Cork, en Irlanda, donde se analizó durante meses el comportamiento de individuos que realizaban un cambio dietético radical: de ultraprocesados a alimentos fermentados y ricos en fibra. Más allá de mejorar su salud física, muchos participantes describieron transformaciones emocionales profundas: mayor seguridad, menos miedo anticipatorio, mejor tolerancia al estrés y una sensación de “estabilidad interna”. Lo interesante es que estos cambios aparecían antes que los cambios metabólicos medibles. Es decir: la mejora emocional fue la primera señal del equilibrio intestinal.
Esto no significa que el intestino mande sobre ti como un tirano, ni que determine tu destino emocional, pero sí que su influencia es mucho mayor de lo que solemos imaginar. Y cuanto más lo escuches, más capacidad tendrás para comprender qué ocurre dentro de ti.
Me gustaría que pienses en esto:
¿Cuántas decisiones en tu vida has tomado con el cuerpo antes que con la mente?
¿Cuántas veces algo te ha dolido en el estómago antes de doler en el pensamiento?
¿Cuántas veces has sabido una verdad incómoda por la tensión en tu abdomen antes de poder admitirla racionalmente?
Tu segundo cerebro te habla constantemente. Lo ha hecho desde antes de que pudieras formarte recuerdos conscientes. Y seguirá haciéndolo toda tu vida.
Capítulo 4 — El intestino como arquitecto del estrés, la calma y la energía interior
Hasta aquí hemos visto cómo tu segundo cerebro influye en tus emociones, decisiones y percepciones. Pero hay un territorio todavía más profundo e impactante: el intestino como regulador del estrés, la calma interior y la energía diaria. Te sorprenderá descubrir que muchos de los estados que creías “mentales” tienen su origen, en realidad, en reacciones que comienzan silenciosamente en tu abdomen.
Quiero que te imagines esto: te despiertas por la mañana, aún algo somnoliento. Abres los ojos y, sin ningún motivo aparente, sientes una ligera ansiedad flotando en tu pecho o en tu estómago. Crees que es la mente anticipando un día difícil… pero en realidad, puede que tu intestino ya esté enviando señales químicas que tu cerebro interpreta como preocupación. De hecho, existe un fenómeno documentado que muchos investigadores llaman “estado basal entérico”: un nivel de tensión intestinal que se mantiene incluso cuando estás descansando. Y ese estado basal, dependiendo de cómo esté tu microbiota, tu inflamación interna y tu alimentación, puede predisponerte a un día de calma… o a un día de estrés sin explicación aparente.
En 1921, un joven fisiólogo estadounidense llamado Walter Bradford Cannon, famoso por estudiar la respuesta de “lucha o huida”, descubrió que el intestino se detenía casi por completo durante momentos de estrés intenso. Pero lo que casi nadie sabe es que Cannon registró minuciosamente un hallazgo secundario: en algunos animales, el intestino iniciaba la respuesta de estrés antes que el cerebro. Es decir: la motilidad intestinal cambiaba antes de que hubiera señales cerebrales claras. Entre sus notas manuscritas aparece una frase sorprendente: “La reacción parece comenzar desde abajo”. No se tomó en serio hasta casi un siglo después, cuando la neurogastroenterología moderna demostró que el sistema entérico puede activar la liberación de moléculas relacionadas con la ansiedad —como la CRH— antes incluso de que seas consciente del estrés.
Lo que quiero que entiendas es esto: el estrés puede nacer en el intestino antes que en la mente.
Seguro que has vivido esas mañanas en las que no sabes por qué te sientes inquieto. No ha pasado nada, no has recibido malas noticias, no tienes un desafío especial… y aun así sientes un cosquilleo, una presión leve o una inquietud extraña en el cuerpo. Ahí es donde tu segundo cerebro entra en escena. Puede estar respondiendo a un desequilibrio en tus bacterias intestinales, a una digestión incompleta de la noche anterior, a inflamaciones microscópicas que tú no percibes, o incluso a la falta de ciertos nutrientes que regulan neurotransmisores.
Y por supuesto, ocurre al revés: cuando tu intestino está equilibrado y tranquilo, tu mente lo sigue.
Déjame mostrarte algo fascinante: en 2019, un grupo de investigadores noruegos estudió a 63 personas con estrés crónico. El objetivo era simple: mejorar su salud intestinal a través de una combinación específica de alimentos fermentados, prebióticos y hábitos de respiración diafragmática. Tras ocho semanas, los participantes no solo redujeron su nivel de cortisol —la hormona del estrés—, sino que mostraron un aumento significativo en la variabilidad cardíaca, un indicador clave de resiliencia emocional. Lo llamativo es que muchos participantes describieron la misma sensación: “una calma que empieza en el estómago y se expande”.
Esa frase, que se repitió una y otra vez, se convirtió en la clave del estudio.
Ahora te pregunto a ti:
¿Alguna vez has sentido que la paz empieza en el abdomen?
No es casualidad. El sistema entérico tiene la capacidad de modular el nervio vago, que a su vez regula la respuesta de relajación del cuerpo. Cuando el intestino se calma, la señal viaja al cerebro como un mensaje tranquilizador: “estás seguro; puedes bajar las defensas”. Y entonces, sin más, respiras distinto, piensas distinto y sientes distinto.
Pero cuidado: el intestino no solo regula la calma. También influye en tu energía interior.
A principios del siglo XX, el médico escocés Francis W. Campbell estudió a un grupo de trabajadores de fábricas textiles que se quejaban de una fatiga extrema e inexplicable. No había causas laborales claras, ni enfermedades detectadas. Campbell observó algo extraño: todos los pacientes compartían un patrón digestivo muy particular —digestiones lentas, hinchazón y estreñimiento leve—. Decidió tratarlos desde el sistema digestivo, sin tocar ningún aspecto psicológico. ¿El resultado? La gran mayoría recuperó energía, claridad mental y motivación. Campbell escribió: “Cuando el abdomen vuelve a la armonía, el vigor resurge sin necesidad de intervención mental”. Su trabajo cayó en el olvido durante décadas, pero hoy sabemos que la microbiota participa en la producción de vitaminas esenciales, en la regulación de la glucosa y en la sensibilidad a la insulina, tres pilares fundamentales de la energía diaria.
Sin equilibrio intestinal, tu energía cae.
Con equilibrio intestinal, tu energía vuelve.
Y aquí aparece un fenómeno impresionante que quiero que entiendas claramente: la inflamación intestinal altera tu percepción del esfuerzo. Es decir: cuando tu intestino está irritado, inflamado o en disbiosis, el cerebro interpreta cualquier tarea como más difícil de lo que realmente es. No estás siendo perezoso, ni exagerado. Es tu segundo cerebro enviando señales de alarma que transforman la manera en que experimentas el mundo.
En un estudio de 2015 realizado en la Universidad de Lausanne, Suiza, los voluntarios con inflamación intestinal leve evaluaron tareas simples como “más agotadoras” que los voluntarios sanos. Y lo más sorprendente: cuando la inflamación remitió, su percepción del esfuerzo cambió drásticamente sin que las tareas fueran diferentes. Eso demuestra que no es tu mente la que decide cuánta energía tienes, sino tu estado interno.
Este hallazgo encaja con algo que seguro has vivido:
Esos días en los que todo parece cuesta arriba, incluso lo que normalmente haces sin dificultad.
No es falta de motivación.
No es flojera.
Es tu segundo cerebro enviando señales de baja energía.
Ahora quiero que te fijes en otro punto clave: la relación entre el intestino y el sueño. Durante años se pensó que dormir bien era una función puramente cerebral. Hoy sabemos que el 95% de la melatonina —la hormona que regula el sueño— se produce en el intestino. Cuando tu microbiota está desequilibrada, tu cuerpo fabrica menos melatonina, lo que te lleva a dormir peor, y lo que a su vez provoca más estrés… cerrando así un círculo que puede ser devastador.
En los años 70, un grupo de investigadores italianos descubrió que ciertos pueblos rurales que consumían grandes cantidades de alimentos fermentados tenían niveles inusualmente altos de melatonina nocturna. Sus habitantes dormían profundamente y mostraban niveles de estrés sorprendentemente bajos. En aquel momento no sabían por qué. Hoy podemos explicarlo: una microbiota rica en bacterias productoras de serotonina aumenta indirectamente la producción de melatonina.
Entonces, ¿qué significa todo esto?
Que tu intestino es mucho más que un centro digestivo.
Es un regulador integral de tu energía, tu estrés y tu calma.
Quizá no puedas controlar siempre tus pensamientos…
pero sí puedes influir en el estado de tu segundo cerebro, y con ello, transformar por completo tu experiencia diaria.
Capítulo 5 — La memoria oculta del intestino y cómo moldea tus decisiones
Si pudieras observar tus pensamientos desde fuera, como si fueran peces nadando en un acuario iluminado, te sorprenderías al descubrir cuántos de ellos no nacen realmente en tu cabeza. Una buena parte, aunque te cueste creerlo, está profundamente influida por algo que ocurre más abajo, en ese entramado vivo y dinámico que llamamos microbiota. Y no hablo solo de que ciertos alimentos te sienten bien o mal: hablo de cómo decisiones que creías libres—como confiar en alguien, evitar un proyecto, sentir atracción o rechazo por una idea—pueden tener raíces en procesos que suceden dentro de tu abdomen.
Aquí, la historia empieza a ponerse verdaderamente interesante.
Durante años se pensó que el intestino solo era un tubo competente para descomponer comida. Pero hoy sabemos que ahí dentro existe algo parecido a una memoria fisiológica, un registro silencioso que almacena patrones, respuestas y sensibilidades que afectan cómo interpretas el mundo. No se trata de recuerdos como los que guarda el cerebro—fotografías mentales o experiencias narrables—sino de huellas bioquímicas que moldean tu comportamiento sin que tú seas consciente de ello.
Para entenderlo mejor, quiero contarte una de las investigaciones más extrañas y reveladoras que se han realizado en neurociencia y que, aunque parece sacada de un guion de ciencia ficción, fue totalmente real. En 2014, un equipo de la University College Cork trabajaba con dos grupos de ratones: unos criados en entornos seguros y otros sometidos a estrés leve. Los ratones estresados desarrollaban comportamientos ansiosos y evitativos, nada sorprendente. Pero lo inquietante vino después: cuando se trasplantó la microbiota intestinal de los ratones ansiosos a los ratones tranquilos, estos comenzaron a comportarse como los ansiosos… sin haber vivido ninguna experiencia negativa. Era como si hubieran heredado un estado emocional que no les pertenecía.
No había trauma, no había condicionamiento, no había aprendizaje. Solo había bacterias… y sin embargo, el comportamiento cambió.
Este estudio abrió la puerta a una idea radical: que parte de lo que pensamos que forma nuestra personalidad podría estar siendo cincelado por organismos diminutos que ni siquiera podemos ver. Y aunque tú no eres un ratón de laboratorio, este fenómeno también ocurre en humanos.
Tal vez te ha pasado alguna vez: conoces a alguien nuevo y, sin motivo racional, algo dentro de ti te dice “no me fío”. O te proponen un proyecto estimulante, pero sientes una resistencia interna que no sabes explicar. Ese “instinto” tan poco comprendido no siempre es intuición espiritual o inteligencia emocional: en muchos casos es tu segundo cerebro enviando señales aprendidas por experiencias previas y registradas en forma de inflamación, sensibilidad o cambios microbianos.
Hippolyte Bernheim, uno de los pioneros de la psicoterapia moderna, afirmaba en 1891 que el instinto y la reacción emocional rápida provenían “del vientre, no de la mente racional”. Aunque no podía demostrarlo científicamente, su frase resulta sorprendentemente visionaria hoy que sabemos que el intestino produce más del 90% de la serotonina corporal y que dialoga constantemente con el cerebro para anticipar riesgos o reconocer patrones.
Y quizá ahora empieces a notar que este viaje ya no va solo de órganos y bacterias, sino de identidad. Porque si tu intestino puede modular decisiones, miedos o motivaciones, es legítimo preguntarse: ¿Hasta qué punto somos realmente quienes creemos ser?
Imagina que tu microbiota ha quedado alterada por años de estrés, alimentación pobre o descanso irregular. Ese desequilibrio puede crear un flujo constante de señales inflamatorias que el cerebro interpreta como amenaza. ¿En qué se traduce eso en la vida cotidiana? En algo tan simple como que te cueste más tomar decisiones, confíes menos en ti mismo, percibas el futuro con más incertidumbre o evites situaciones nuevas por pura anticipación negativa.
Es decir, no eres tú rechazando oportunidades… es tu intestino tratando de protegerte.
En 2018, la periodista científica Catherine de Lange escribió sobre una experiencia personal muy peculiar: después de una infección intestinal severa y un tratamiento agresivo con antibióticos, comenzó a experimentar ataques de pánico que jamás había tenido antes. Pasó meses buscando causas psicológicas… hasta que descubrió que lo que estaba alterado era su microbiota. Tras un protocolo de recuperación intestinal supervisado, los ataques desaparecieron. Su mente había sido reequilibrada a través del abdomen, no de la terapia.
Cuando lo lees, suena sorprendente, pero si te paras un segundo a pensar, quizá lo hayas vivido tú también sin saberlo. Cambias tu alimentación durante unas semanas y, sin proponértelo, tu humor mejora. O cuando pasas por una etapa de estrés prolongado, sientes molestias intestinales y, con ellas, te vuelves más irritable o menos tolerante. Esa conexión no es casual: es un circuito real, físico y bidireccional.
Las bacterias intestinales producen metabolitos capaces de activar el nervio vago de formas tan específicas que pueden inducir comportamientos sociales distintos en animales. Como si fueran diminutas programadoras enviando instrucciones al sistema nervioso. Este hallazgo, publicado en Nature hace apenas unos años, sugiere algo que apenas estamos empezando a comprender: que el intestino no solo influye en cómo te sientes, sino también en cómo interactúas con otros.
¿Te imaginas que parte de tu sociabilidad, tu confianza o tu apertura al mundo esté determinada por comunidades microbianas?
Sé que suena extraño, pero piensa en esto: cuando te sientes bien digestivamente—ligero, sin inflamación, con energía estable—todo en tu vida parece funcionar mejor. Respondes mejor a los demás, tienes más paciencia, tu mente está más clara. Pero cuando tu segundo cerebro está alterado, todo lo contrario: te vuelves más susceptible, más impulsivo, más defensivo.
Y no es magia. Es biología pura.
El intestino es el único órgano que puede tomar decisiones sin preguntar al cerebro… pero el cerebro casi nunca toma decisiones importantes sin “consultar” al intestino primero.
Esa “consulta” no es metafórica: es un intercambio eléctrico y químico constante que ocurre a través del nervio vago y los neurotransmisores compartidos.
Quizá ahora entiendes por qué cuando algo importante ocurre en tu vida lo sientes en el estómago antes que en la cabeza. El intestino es más rápido, más primitivo y, en muchos casos, más preciso. Es tu radar emocional.
Por eso, cuando trabajas tu salud intestinal no solo mejoras tus digestiones. También mejoras tu memoria emocional, tu estabilidad, tu claridad mental y tu capacidad de afrontar la vida. Porque al final, aunque no lo veas, tu segundo cerebro recuerda… y ese recuerdo influye en quién eres hoy.
Capítulo 6 — Cómo tu segundo cerebro moldea tu identidad
Si has llegado hasta aquí, probablemente ya intuyes que el intestino no es solo un órgano pasivo. Pero lo que quizá no te habías planteado todavía es que esa maraña silenciosa de neuronas, bacterias y señales químicas que vive en tu abdomen participa activamente en la construcción de tu identidad. Sí, tu identidad: la forma en que te ves, lo que crees de ti, tus límites, tus posibilidades, tu relación contigo mismo. Y lo que voy a contarte ahora puede cambiar por completo la manera en que entiendes quién eres.
Hasta ahora hemos hablado de emociones, decisiones y comportamientos, pero la identidad va un paso más allá. Es una historia continua que te cuentas sobre ti mismo. Y toda historia, incluso la tuya, necesita un narrador. La mayoría de las personas piensan que ese narrador es únicamente el cerebro, como si fuera una especie de escritor omnisciente sentado detrás de una mesa enorme. Pero, en realidad, es un narrador compartido: tu cerebro hace el guion, pero tu intestino marca el tono.
Piénsalo: ¿cuántas veces has interpretado mal tus propias emociones? ¿Cuántas veces has dicho “soy una persona ansiosa”, “soy inseguro”, “soy de estómago delicado” o “no sirvo para afrontar estrés”? Lo que puede estar ocurriendo realmente es que tu segundo cerebro está enviando señales alteradas que tu mente traduce erróneamente como identidades fijas. Sin embargo, esas “identidades” podrían ser simples estados fisiológicos momentáneos.
Para que entiendas esto mejor, quiero contarte una historia real que aparece mencionada en un viejo informe médico británico de 1929. Habla de un joven llamado Arthur, un estudiante brillante que de repente comenzó a sentirse incapaz de concentrarse. Creía estar “perdiendo el talento”, como él decía, y cayó en una profunda desmotivación. Tras meses de sufrimiento, un médico rural descubrió la causa: un desequilibrio intestinal severo provocado por dietas muy restrictivas y nerviosismo constante. Cuando su sistema digestivo se reguló, Arthur no solo recuperó la concentración… recuperó la sensación de ser él mismo. Su identidad cambió al mismo ritmo que su intestino.
Esa historia, aunque antigua, anticipaba una idea que la ciencia solo ha aceptado en las últimas dos décadas: el intestino participa en la fuerza de voluntad, la motivación y la percepción de uno mismo.
Hay un concepto fascinante en psicología llamado “coherencia narrativa interna”, que se refiere a la manera en que interpretamos nuestras experiencias, creando una trama entendible. Sin darte cuenta, tu segundo cerebro influye en esa coherencia. ¿Cómo? A través de la forma en que regula el estrés, la inflamación y la disponibilidad de neurotransmisores.
Te pongo un ejemplo muy cotidiano: imagina que tienes una ligera inflamación intestinal, nada grave, pero continua. Eso genera una liberación constante de citocinas inflamatorias que reducen la producción de dopamina y serotonina. ¿En qué se traduce eso? En que decisiones simples te parecen más pesadas, la motivación baja sutilmente y todo parece requerir un pequeño esfuerzo adicional. Y si ese estado se prolonga semanas o meses, comienzas a crear una narrativa interna del tipo:
—“Estoy perdiendo mi energía.”
—“Ya no soy tan disciplinado.”
—“Me cuesta todo más que antes.”
Pero no es una verdad sobre tu personalidad. Es un estado biológico.
En 2016, investigadores de la Universidad de California descubrieron que ciertos metabolitos de la microbiota afectan directamente la corteza prefrontal, el área encargada de planificar, evaluar riesgos y construir expectativas de futuro. Es decir, hay bacterias dentro de ti que influyen en cómo proyectas tu vida. Esto no significa que la microbiota decida por ti, sino que prepara el terreno mental en el que tomas tus decisiones.
Me gustaría compartirte una paradoja fascinante que se cita en estudios de neurogastroenterología: “El intestino no sabe quién eres, pero sabe cómo te sientes. Y al saber cómo te sientes, influye en quién crees ser.” Esa frase, aunque aparentemente simple, captura el núcleo de esta interacción. Tu segundo cerebro no tiene acceso a tus recuerdos o metas, pero sí regula tus emociones básicas y tus estados corporales. Y esos estados son la materia prima de tu identidad.
Ahora quiero que pienses en algo: ¿cuántas versiones de ti mismo has sido a lo largo de tu vida? ¿Aquella versión enérgica que tenías en ciertas épocas, aquella otra más insegura de otras etapas, aquella confiante, aquella temerosa? Cada versión tenía su tono emocional predominante. Y ese tono, en gran medida, estaba influido por tu biología intestinal en ese momento. No lo percibías así porque nadie te lo había explicado… hasta ahora.
Quiero contarte otra historia real, esta vez muy reciente, publicada en The American Journal of Psychiatry. Una mujer de 34 años buscaba ayuda por una sensación de incapacidad personal que llevaba años arrastrando: creía que no valía para asumir responsabilidades, que siempre fallaría y que era “débil de carácter”. Tras una serie de análisis exhaustivos, el equipo médico descubrió algo increíble: sufría una permeabilidad intestinal alta que llevaba años generando microinflamaciones sistémicas. Después de un protocolo intensivo de reparación intestinal, su autoestima cambió radicalmente. Ella misma dijo una frase que merece guardarse: “Descubrí que no era débil, solo estaba inflamada.”
Y es que una autoestima baja sostenida suele tener raíces más biológicas que psicológicas. Lo mismo ocurre con la autoconfianza: si el intestino está en equilibrio, el cerebro opera con mayor claridad y estabilidad; si no lo está, la percepción interna se desvirtúa sin que tú lo notes.
El cerebro interpreta los silencios del cuerpo como señales emocionales.
Si el intestino está tranquilo, el cerebro interpreta calma.
Si el intestino está inflamado, el cerebro interpreta amenaza.
Y aquí viene lo importante: interpretamos esas señales como identidad. No dices “algo dentro de mí se siente inseguro”; dices “yo soy inseguro”. Esa confusión es la razón por la que tanta gente siente que lucha contra sí misma.
Ahora dime: ¿cómo no iba a influir el segundo cerebro en tu narrativa personal si es la base emocional desde la cual esa narrativa se construye?
Quiero darte una reflexión basada en una anécdota real del biólogo Joshua Lederberg, Premio Nobel de Medicina. Él solía recordar que cada ser humano no es un individuo, sino “una comunidad de comunidades”, y concluía con una frase hermosa: “Nos contamos a nosotros mismos sin saber que nuestra historia tiene coautores microscópicos.”
Esa frase resume perfectamente lo que estás descubriendo: tu identidad no es estática ni un enigma psicológico; es un proceso vivo donde tu intestino participa cada día.
Capítulo 7 — Cómo reprogramar tu segundo cerebro
Ahora que conoces el poder real de tu segundo cerebro—cómo influye en tu ánimo, en tus decisiones, en tu identidad y en la manera en que experimentas el mundo—llegamos al punto más práctico y transformador de todo este viaje: cómo reprogramarlo a tu favor. Porque sí, aunque el intestino tenga sus propias leyes, también es moldeable. Y, de hecho, responde con sorprendente rapidez cuando recibe las señales adecuadas.
Pero no esperes un listado de consejos trillados. Lo que voy a compartir contigo son principios profundos—y muchas veces ignorados—que actúan en capas más hondas que cualquier dieta puntual, trucos “saludables” de moda o suplementos milagrosos. Vamos a trabajar sobre las palancas que realmente gobiernan la relación entre tu microbiota, tu sistema nervioso entérico y tu mente.
Y para comenzar, quiero contarte una curiosidad histórica que encaja a la perfección con este tema. En 1907, el investigador ruso Ilia Metchnikoff, uno de los padres de la inmunología moderna, observó que ciertos grupos rurales de Bulgaria vivían de forma sorprendentemente longeva. Y concluyó que no era la genética ni el clima… sino la manera en que fermentaban su comida. Él decía: “La longevidad comienza en el intestino.”
Curiosamente, más de un siglo después, la ciencia ha confirmado su intuición: la calidad de tu microbiota determina, en gran parte, la calidad de tus años.
Pero reprogramar tu segundo cerebro va más allá de comer “bien”. Es un proceso que implica comunicación, entrenamiento, reconstrucción y reeducación emocional. Te lo explico paso a paso.
- Reprogramación a través de la señalización nerviosa.
Lo primero que debes comprender es que el nervio vago—la autopista directa que conecta intestino y cerebro—funciona como un modulador. No solo transmite información: también entrena a ambos sistemas. Y aquí llega una de las claves más ignoradas: el nervio vago necesita estímulos específicos para mantener su tono funcional. Cuando no los recibe, se vuelve perezoso, igual que un músculo.
Un dato fascinante: en 2018, investigadores alemanes descubrieron que la vibración rítmica generada por la respiración profunda y pausada activaba el vago de forma directa, favoreciendo la estabilidad intestinal. Esto significa que algo tan simple como respirar de manera consciente puede enviar un mensaje fisiológico real: “Estamos seguros. Puedes equilibrarte.”
No se trata de meditar por moda. Se trata de reconfigurar una vía neurológica. Por eso, cuando respiras lento, tu intestino se reorganiza, literalmente. Y cuando respiras rápido, se agita. Es una conversación continua.
- Reprogramación a través del ritmo.
Aquí entra una evidencia que pocas personas conocen: el intestino no funciona igual las 24 horas del día. Tiene un ritmo circadiano propio, independiente del cerebro. Y cuando ese ritmo se altera—comidas irregulares, cenas tardías, horarios caóticos—la microbiota pierde coherencia interna. No muere, no desaparece… pero se vuelve caótica, como una orquesta sin director.
Esto es importante por algo que tal vez nunca te han dicho:
Tu intestino necesita previsibilidad para sanarse.
Los horarios estables actúan como anclas fisiológicas. Cuando mantienes un ritmo, aunque sea modesto—comer en horas parecidas, levantarte a la misma hora, dejar espacio entre comidas—el cuerpo interpreta que hay orden. Y el segundo cerebro responde reorganizándose.
Hay un pequeño estudio muy curioso hecho en Japón en 2015 sobre trabajadores nocturnos. Descubrieron que quienes mantenían horarios regulares, aunque fueran nocturnos, tenían una microbiota mucho más equilibrada que aquellos con turnos variables. La regularidad era más importante que la hora.
- Reprogramación a través de la reconstrucción microbiana.
La microbiota es, en cierto sentido, una comunidad política. Cuando los “buenos” pierden poder y los oportunistas toman el control, el sistema entero se vuelve disfuncional. Pero hay algo importante: puede reconstruirse, igual que una comunidad humana.
En 2012, un equipo de científicos canadienses estudió a un grupo de surfistas profesionales. Encontraron que cada vez que tragaban accidentalmente agua de mar—algo muy común para ellos—recibían pequeñas cantidades de bacterias ambientales que actuaban como “refuerzo microbiano”. Sin buscarlo, mantenían una microbiota más diversa que la de la población general.
La enseñanza es clara: la naturaleza repara porque es variada. Y tu segundo cerebro prospera cuando se expone a diversidad microbiana: alimentos vivos, ambientes no estériles, aire libre, contacto con tierra, frutas no ultralavadas, fibras de distintos tipos. No necesitas ser surfista, pero sí necesitas diversidad.
- Reprogramación emocional a través del intestino.
Esta es una de las piezas más fascinantes del puzle. Ya no hablamos de arreglar digestiones: hablamos de modular emociones a través de cambios intestinales.
En 2021, la Universidad de Oxford publicó algo extraordinario. Descubrieron que ciertos prebióticos específicos (galactooligosacáridos) reducían la actividad de la amígdala, la zona del cerebro que amplifica el miedo. Es decir, cambiando lo que alimentas a tu microbiota cambias la intensidad con la que experimentas el mundo emocional.
Pero más allá de prebióticos o alimentos particulares, lo esencial es entender esto:
Cuando reduces inflamación intestinal, reduces distorsión emocional.
Cuando equilibras microbiota, equilibras percepción y autoestima.
Cuando fortaleces el vago, fortaleces resiliencia mental.
Reprogramar tu segundo cerebro no es “cuidar la digestión”.
Es cuidar la plataforma desde donde sientes y decides.
- Reprogramar tu narrativa interna.
Aquí llegamos al aspecto más profundo y, quizá, más transformador. Tu identidad, lo que crees posible para ti, lo que te dices cuando fallas o cuando triunfas… todo está influido por la base fisiológica desde la que vives.
Pero la comunicación entre mente y abdomen puede reeducarse. No se trata de repetir frases positivas, sino de algo mucho más realista y poderoso:
Cambiar el estado del cuerpo para cambiar la voz de la mente.
Existe una anécdota preciosa del médico estadounidense Wilson Beecher, quien durante los años 50 afirmaba: “El cuerpo es el guion; la mente solo lee lo que le entregan.”
Aunque su frase quedó olvidada, sintetiza la esencia de lo que hemos visto: cuando tu intestino se calma, tu mente se vuelve más amable; cuando se ordena, tu narrativa se vuelve coherente; cuando se fortalece, tú te sientes fuerte.
No eres un espectador de este proceso. Eres su arquitecto.
- Una última clave: la coherencia visceral.
La coherencia visceral ocurre cuando tu respiración, tu ritmo vital, tu microbiota y tu estado emocional se alinean. No significa perfección, sino armonía suficiente para que tu segundo cerebro deje de emitir señales de alarma.
Cuando eso ocurre, todo cambia:
Tu mente se aclara.
Tu autoestima se estabiliza.
Tu identidad se expande.
Y tu narrativa deja de ser un campo de batalla.
Porque la mayor transformación no es que tu intestino funcione mejor, sino que empiezas a sentir que vuelves a ser tú. La versión de ti que piensa con claridad, que no se sabotea, que decide con valentía, que descansa sin ansiedad, que actúa desde convicción y no desde miedo.
Tu segundo cerebro no es un misterio biológico.
Es un aliado esperando instrucciones.
Y ahora ya sabes dárselas.
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