Acerca del libro

El Creador de Realidades: Despierta Tu Conciencia de Ser es un libro de desarrollo personal, conciencia y creación consciente que transforma la manera en que entiendes tu vida, tus pensamientos y tu poder interior. A lo largo de ocho capítulos profundos y accesibles, esta obra te guía a descubrir que no eres una víctima de las circunstancias, sino el autor de tu experiencia.

Aquí aprenderás cómo la conciencia, la atención, la imaginación y el deseo actúan como fuerzas creadoras que moldean tu realidad diaria. No se trata de pensamiento positivo superficial, sino de una comprensión práctica y profunda de cómo funciona la ley de la asunción, cómo dirigir la mente, reescribir creencias limitantes y vivir desde una identidad elegida conscientemente.

Este libro une filosofía espiritual, ejemplos históricos, sabiduría ancestral y ejercicios prácticos para ayudarte a manifestar cambios reales en áreas como la autoestima, la abundancia, las relaciones, la paz interior y el sentido de propósito.

El Creador de Realidades es ideal para lectores interesados en espiritualidad práctica, autoconocimiento, manifestación consciente, leyes universales y transformación interior. No promete fórmulas mágicas, sino algo más poderoso: despertar la conciencia desde la cual todo cambia.

Si estás listo para dejar de reaccionar y empezar a crear tu vida con intención, este libro es para ti.

Oscar González

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36 minutos
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7.043 palabras

Capítulo 1: El despertar silencioso de la conciencia

Imagina, por un momento, que estás frente a un espejo. No es un espejo cualquiera, sino uno que no refleja tu cara, sino tus pensamientos, tus miedos y tus deseos más íntimos. ¿Qué verías ahí? ¿Una persona limitada por las circunstancias, o un ser con un océano de posibilidades esperando a ser explorado?

Quiero que te sientas cómodo en esta conversación. Yo no estoy aquí como un conferencista distante ni como alguien que habla desde un pedestal. Estoy aquí como ese amigo que se sienta contigo bajo un árbol, con calma, y empieza a contarte verdades que quizá ya sospechabas pero que nunca te habías detenido a escuchar en silencio.

La conciencia —ese misterioso “algo” que te permite decir yo soy— es la clave que abre todas las puertas. Pero no me refiero a la conciencia moral de lo correcto o lo incorrecto, sino a ese estado íntimo de darte cuenta de que existes, de que puedes observar tus propios pensamientos y decidir hacia dónde dirigirlos.

Es probable que hasta ahora hayas creído que las circunstancias mandan, que el mundo dicta tu destino. Pero hoy quiero decirte algo que cambiará la forma en que te miras a ti mismo: tú no eres víctima de la vida, tú eres el autor silencioso que le da forma. Y lo haces no con fuerza bruta, sino con aquello que llamamos conciencia.

Hace siglos, en un monasterio escondido en las montañas de Anatolia, un maestro sufí escribía en un manuscrito ya desgastado:

«El mundo no es lo que ves, sino lo que sostienes dentro de ti como verdad. El mendigo y el rey beben del mismo río, pero no lo hacen con la misma sed.»

¿No es sorprendente? Ese sabio anónimo entendía que la diferencia entre una vida de carencia y una vida de plenitud no está afuera, sino en el recipiente interno con el que bebemos la existencia. Si tu conciencia está vacía de fe en ti mismo, cualquier manantial parecerá seco.

Tu vida exterior es un reflejo de lo que admites como real en tu interior.

Permíteme hacerte una pregunta que casi nadie se atreve a responder con sinceridad: ¿qué piensas realmente de ti cuando nadie te observa?

Ese pensamiento silencioso —que a veces duele, a veces enorgullece— es más poderoso que todas tus acciones externas. Porque tarde o temprano, lo que crees de ti mismo se manifiesta.

No es casualidad. Las antiguas tradiciones coinciden en ello. Los estoicos decían que “la mente colorea el mundo”; los místicos hebreos afirmaban que “el nombre secreto de Dios es Yo soy”; y hasta en la literatura china encontramos un proverbio olvidado: “El hombre pequeño sigue al río; el sabio lo convierte en canal.”

Todos apuntan a lo mismo: eres tú quien determina el cauce de tu vida al elegir cómo mirarte y cómo nombrarte.

Déjame contarte una historia breve pero reveladora.

En una pequeña aldea japonesa, vivía un campesino que se quejaba constantemente de su mala suerte. Un anciano maestro, cansado de escucharlo, le entregó un cuenco vacío y le dijo:

—Cada mañana, antes de beber agua, pronuncia: “Yo soy abundancia”.

El campesino se rió, pensando que aquello era un disparate, pero lo hizo por respeto. Día tras día, repitió esas palabras. Con el tiempo, su actitud cambió. Ya no veía su parcela como pobre, sino como tierra fértil. Empezó a trabajarla con dedicación, a mejorar sus técnicas, a compartir con otros. Al cabo de los años, aquel campesino era el más próspero de la aldea.

¿Fue magia? Claro que no, solo conciencia. Fue el poder del “yo soy” puesto en acción.

Tú también tienes un cuenco, aunque no lo veas. Cada pensamiento con el que te nombras a ti mismo es el agua con la que bebes tu vida.

¿Quién eres tú ahora?

Quiero que te observes sin juicio, con total honestidad. Responde en silencio: ¿cuál es tu definición habitual de ti mismo? ¿Dices “soy débil”, “soy olvidadizo”, “soy poco afortunado”?

Cada una de esas frases es como una semilla que arrojas en el campo de tu conciencia. Y la tierra no discrimina: germina tanto la mala hierba como el trigo dorado.

Entonces, el reto que te propongo es simple pero desafiante: elige conscientemente qué semillas plantas al hablarte a ti mismo.

Probablemente estés pensando: “Suena inspirador, pero ¿cómo lo aplico en mi día a día?”

Déjame darte un ejercicio sencillo, casi como un juego:

Cada vez que digas yo soy seguido de algo negativo, detente. Respira. Corrige esa frase. Sustitúyela por una afirmación que te acerque a quien deseas ser.

Ejemplo: dices “yo soy torpe con las palabras”. Inmediatamente cambia: “yo soy un aprendiz en crecimiento, cada día me expreso mejor.”

¿Lo ves? No es engañarte. Es entrenar a tu conciencia para abrir espacio a nuevas posibilidades.

Muchos pasan la vida creyendo que “ser” es sinónimo de lo que otros les dijeron que eran. Padres, maestros, amigos, incluso enemigos… todos dejaron etiquetas en tu piel. Pero esas etiquetas no son tú.

El verdadero error humano es confiar más en las voces externas que en la voz interior.

Tu maestro interior siempre te susurra: eres más grande de lo que crees.

Quiero que hagas un compromiso íntimo. No conmigo, no con el mundo, sino contigo.

Prométete que a partir de hoy estarás atento a tu manera de nombrarte. Haz un pacto sagrado de no repetir más palabras que te rebajen, que te encadenen.

Porque el despertar silencioso de la conciencia comienza así: con un pequeño “yo soy” sembrado en el jardín correcto.

Capítulo 2: La conciencia como escenario invisible

Ahora que hemos abierto la puerta con el “yo soy”, quiero llevarte un paso más allá. Imagina que tu vida es una obra de teatro. Los personajes entran y salen: amigos, familiares, colegas, desconocidos. A veces hay comedia, a veces drama y a veces silencio. Pero dime: ¿quién escribió el guion? ¿Quién decidió la escenografía, las luces y el desenlace de cada acto?

Quizá creas que son las circunstancias, el azar o incluso un destino escrito en algún lugar misterioso. Pero déjame revelarte una verdad que pocos se atreven a admitir: tu conciencia es el escenario donde todo ocurre. Nada se presenta ante ti sin que primero haya existido como posibilidad en tu interior.

Un pensador húngaro del siglo XIX, László Mednyánszky, escribió en uno de sus diarios algo que pasó inadvertido por décadas:

«El paisaje que pinto no es el de los campos, sino el de mi estado de ánimo; si estoy sombrío, hasta el sol más brillante se vuelve gris en mi tela.»

Ese pintor, quizá sin pretenderlo, nos dio una clave esencial: vemos la vida no como es, sino como somos. Tus pensamientos, tus creencias y tus emociones colorean cada experiencia que vives.

Si estás convencido de que el mundo es hostil, verás amenazas en cada esquina. Si crees que la vida es generosa, hallarás oportunidades incluso en los tropiezos.

Tu conciencia es, entonces, un mapa. Y como cualquier mapa, te conduce hacia los lugares que has trazado en él, aunque a veces ni seas consciente de haberlo dibujado.

La trampa de los sentidos

Tus sentidos te pueden engañar. Te muestran lo aparente, no lo esencial.

Un ejemplo curioso ocurrió en 1896, cuando el psicólogo Joseph Jastrow presentó un dibujo que podía ser visto como un pato o como un conejo. Al principio, la gente discutía cuál era “el verdadero” animal. Pero Jastrow explicó que ambos estaban ahí, que lo único que cambiaba era la manera de mirar.

Lo mismo sucede con tu vida. Dos personas pueden atravesar la misma situación y, mientras una se siente derrotada, la otra descubre una oportunidad de transformación. ¿Qué cambió? El escenario interior de cada una.

Tú no vives en el mundo externo. Vives en tu interpretación de él.

Permíteme contarte una anécdota de la antigua Grecia, poco citada en los manuales. Se dice que Esquilo, el gran dramaturgo, solía visitar a un oráculo en Sicilia. Un día, preocupado por el fracaso de una de sus obras, le preguntó qué debía hacer para triunfar. El oráculo respondió:

—Cambia tu visión de ti mismo, no tus palabras.

Esquilo se indignó al principio. ¿Cómo podía un poeta cambiar su destino solo con la manera en que se veía a sí mismo? Pero años después, tras vivir una etapa de profunda introspección, escribió algunas de las tragedias más poderosas de la historia. No fue porque dominara más la técnica, sino porque su conciencia había cambiado.

El oráculo tenía razón: tu guion depende de cómo te concibas a ti mismo, no solo de lo que haces.

Ahora quiero proponerte un experimento sencillo. Piensa en una situación que desees transformar: tu relación con alguien, tu situación económica, tu confianza personal.

Cierra los ojos y haz lo siguiente: imagina que ya ha cambiado. Pero no lo hagas como si estuvieras viendo una película, sino como si estuvieras dentro de ella. ¿Qué sientes? ¿Qué piensas? ¿Cómo respiras?

Este es tu laboratorio interior. Aquí es donde ocurre la verdadera alquimia de la vida. Y lo más asombroso es que, cuando lo practicas con constancia, tu mundo externo empieza a alinearse con ese estado interior.

No es magia, es ley: lo que sostienes en la conciencia busca expresarse en la experiencia.

Recuerdo la historia de un joven aprendiz de caligrafía en China, que se frustraba porque su escritura nunca igualaba la de su maestro. Después de meses de práctica, desesperado, le pidió una respuesta rápida. El maestro le dijo:

—La tinta obedece a la mente, no a la mano. Cambia tu estado, y tu caligrafía cambiará.

El alumno no entendió al principio. Pero con el tiempo, al practicar la calma y la confianza interior, su caligrafía se volvió fluida y armoniosa.

Tú y yo no practicamos caligrafía, pero sí estamos escribiendo algo más importante: la forma de nuestra vida. Y esa escritura también obedece, no a la fuerza, sino al estado de conciencia que cultivamos.

Hasta ahora hemos visto que tu conciencia es escenario, mapa y laboratorio. Pero déjame añadir algo más: es también la llave de la unidad.

¿A qué me refiero?

A que no estás separado de tu mundo. Creer que lo externo y lo interno son dos reinos distintos es como pensar que el reflejo del agua y el cielo son cosas sin relación. Todo está entrelazado.

Cuando cambias dentro, fuera se ajusta. Cuando te renuevas por dentro, tus relaciones, tus oportunidades y tus circunstancias se transforman como piezas de dominó que caen en orden perfecto.

Tu papel en esta obra

Quiero que lo sientas profundamente: no estás aquí para ser un espectador pasivo de tu vida. Eres autor, director y protagonista. Y si hasta ahora el guion no te ha convencido, recuerda que siempre puedes reescribirlo.

Cada pensamiento consciente es una línea nueva en tu libreto. Cada emoción sostenida es una luz que cambia la escena.

La próxima vez que te sorprendas diciendo “así es la vida”, corrígelo: “así es la vida que estoy representando ahora mismo en mi escenario interior… pero puedo ensayar otra obra.”

De ahora en adelante, cuando enfrentes un problema, no preguntes “¿por qué me pasa esto?”, sino “¿qué estado interior estoy sosteniendo que hace que esto aparezca?”

Esa simple pregunta abrirá caminos que hasta ahora te parecían imposibles.

Capítulo 3: El arte de asumir

Ahora que has entendido que tu conciencia es escenario, mapa y laboratorio, quiero entregarte una de las herramientas más poderosas que existen: el arte de asumir.

Quizá la palabra te suene demasiado común, pero aquí no hablo de asumir como quien supone sin pruebas. Hablo de asumir con convicción, de vestirte por dentro con el traje de lo que deseas ser, aunque aún no lo veas con tus ojos.

Déjame hablarte con claridad: la vida no te da lo que pides, sino lo que asumes como tuyo.

El secreto detrás del telón

En el siglo XVII, un dramaturgo español llamado Agustín Moreto escribió en una de sus comedias una frase que, aunque breve, contiene una gran enseñanza:

«Lo que se finge constante, acaba siendo verdad.»

El público de la época lo tomó como un comentario sobre la hipocresía social. Pero si lo leemos con otra mirada, encontramos algo más profundo: lo que adoptamos con persistencia en nuestra conciencia, aunque al principio parezca fingido, termina por convertirse en real.

El arte de asumir consiste precisamente en eso: en adueñarte emocionalmente de una nueva identidad antes de que el mundo tenga pruebas de ella.

Piensa en un actor antes de salir a escena. No espera a que el público lo aplauda para transformarse en su personaje. Ensaya en silencio, repite gestos, memoriza frases, hasta que ya no actúa: es.

Lo mismo ocurre contigo. Si deseas ser alguien más confiado, más próspero, más libre, no esperes a que el mundo te dé la señal. Ensáyalo dentro de ti. Camina como esa persona, piensa como esa persona, habla contigo mismo como si ya lo fueras.

Este ensayo silencioso es más poderoso de lo que imaginas. Porque la vida, como un director invisible, acomoda la escenografía para que lo que asumes en tu interior encuentre eco afuera.

Hay un relato poco conocido de Viktor Frankl, el psiquiatra que sobrevivió a los campos de concentración nazis. En sus memorias, contó que uno de los prisioneros, aun estando en condiciones infrahumanas, se repetía cada día:

«Estoy destinado a volver a ver a mi familia en libertad.»

Los demás lo consideraban ingenuo, pero aquel hombre mantenía esa asunción como una llama. Y lo increíble fue que sobrevivió, contra todo pronóstico, y pudo reencontrarse con los suyos.

¿Fue suerte? ¿Fue resistencia física? Tal vez. Pero Frankl estaba convencido de que fue la fuerza de esa asunción inquebrantable la que le dio sentido y lo sostuvo.

Aquello que asumes en tu conciencia puede sostenerte incluso en las peores circunstancias.

¿Cómo se asume?

Sé que ahora te preguntarás: “Muy bien, maestro, pero ¿cómo lo hago yo en mi vida diaria?”

Escucha con atención, porque aquí vamos a practicar, no solo a teorizar.

1: Elige tu estado deseado. No se trata de fantasear sin rumbo. Pregúntate: ¿quién quiero ser ahora? No dentro de veinte años, sino hoy mismo.

2: Siéntelo como real. Cierra los ojos y vive como si ya estuvieras en ese estado. Imagina conversaciones, reacciones, emociones. No lo observes desde fuera, vívelo desde dentro.

3: Habla desde ese lugar. Cada vez que uses el “yo soy”, asegúrate de que se alinea con tu nueva identidad.

Persiste sin esfuerzo. No es cuestión de repetir con tensión, sino de mantenerte en esa atmósfera interior como quien respira un aire nuevo.

Con estos pasos, el arte de asumir se vuelve práctica cotidiana, como cepillarte los dientes o ponerte los zapatos.

En el siglo XIII, un monje tibetano llamado Milarepa solía retirarse a las montañas para meditar. Los aldeanos le preguntaban cómo soportaba el frío y la soledad. Su respuesta fue desconcertante:

—No asumo que estoy en la montaña. Asumo que soy la montaña.

¿Lo comprendes? No es resistencia, es identificación. Cuando te unes interiormente a lo que deseas, ya no hay lucha. Te conviertes en ello.

Muchos fracasan en este arte porque lo practican como quien juega a disfrazarse por unos minutos y luego regresa a la vieja identidad. Creen que “fingir” durante una afirmación matinal bastará. Pero en cuanto enfrentan un desafío, vuelven a asumirse débiles, pobres o incapaces.

El error no está en la técnica, sino en la falta de persistencia. Lo que asumes debe convertirse en tu estado habitual, no en un paréntesis pasajero.

Déjame contarte una breve historia de un discípulo zen. Se quejaba de que, aunque meditaba cada mañana repitiendo “soy paz”, al salir al mercado se enfurecía con cualquiera que lo empujara. Su maestro le dijo:

—Deja de decir “soy paz” solo en el templo. Asume que eres paz también en el mercado.

El discípulo comprendió entonces que el verdadero arte de asumir no ocurre en la calma de la meditación, sino en la fricción del día a día.

Quiero que hagas un pequeño experimento durante la próxima semana.

Cada mañana, antes de salir de casa, elige un estado y asúmelo. Puede ser confianza, serenidad, gratitud. Vive el día como si ya fueras la encarnación de eso.

No importa lo que ocurra afuera: mantente en tu papel. Verás cómo poco a poco la vida empieza a responderte de manera distinta.

Escúchame bien: este no es un juego de autoengaño. No es convencerte a la fuerza de algo que no existe. Es reconocer que la conciencia es creadora, y que lo que asumes dentro de ti abre un cauce en la realidad para manifestarse.

Así que, la próxima vez que dudes, pregúntate: ¿desde dónde estoy asumiendo ahora? ¿Desde el miedo o desde la posibilidad?

Quiero que guardes en tu corazón esta frase: “Lo que asumo, me asume.”

Es decir, cuando eliges un estado y lo abrazas, ese estado te envuelve y empieza a actuar a través de ti.

De aquí en adelante, deja de esperar pruebas externas para creer. Asume primero, y las pruebas llegarán después.

Capítulo 4: El deseo como brújula del alma

Hasta aquí hemos hablado de conciencia y de asumir, pero ahora quiero llevarte a una fuerza que arde en tu interior desde que naciste: el deseo.

Muchos lo malinterpretan. Creen que desear es señal de carencia o de debilidad, como si el hombre sabio debiera eliminar todo anhelo para alcanzar paz. Pero déjame corregir esa idea: el deseo no es tu enemigo, es tu brújula.

El deseo es la señal silenciosa de hacia dónde quiere expandirse tu conciencia. Si lo ignoras, te apagas. Si lo comprendes, se convierte en la chispa que enciende tu transformación.

El mito de sofocar los deseos

En cierta época, algunos filósofos creían que la sabiduría consistía en renunciar a todo deseo. Decían: “Si no quieres nada, nada puede dañarte”. Pero esa es solo media verdad.

Imagínate un velero en medio del mar sin viento ni rumbo. ¿Qué pasaría? Se quedaría a la deriva, sin avanzar. Eso mismo ocurre con quien elimina todo deseo: vive una calma aparente, pero estancada.

El verdadero arte no es sofocar el deseo, sino purificarlo y dirigirlo. No es dejar de querer, sino aprender a querer con propósito.

En el siglo XVIII, un poeta polaco, Franciszek Karpiński, escribió:

«El deseo es la oración de la sangre.»

Qué imagen tan poderosa. Es como si la vida misma hablara a través de lo que anhelas. Tus deseos auténticos no son caprichos superficiales, sino llamados internos a expandir tu ser.

La pregunta clave es: ¿escuchas esas oraciones o las ahogas bajo la costumbre, el miedo y la resignación?

Te contaré una breve historia. En un pequeño pueblo, vivía un joven panadero que cada día repetía la rutina de amasar, hornear y vender. Pero cada noche, al cerrar los ojos, sentía un ardiente deseo de ser músico.

La costumbre le decía: “Eres panadero, no sueñes”. El deseo le susurraba: “Tienes música en las venas”.

Con el tiempo, se atrevió a seguir su brújula. Estudió, practicó y, años después, se convirtió en un pianista reconocido. No porque tuviera más talento que otros, sino porque honró su deseo en lugar de ahogarlo en la rutina.

Ahora te pregunto: ¿cuántos deseos has silenciado en tu vida porque la costumbre te dijo que no eran prácticos?

Mira con atención: cada deseo lleva dentro de sí la semilla de su cumplimiento. No anhelarías algo si tu interior no tuviera ya la capacidad de alcanzarlo.

Es como la semilla de un manzano. ¿Por qué sueña con dar frutos? Porque ya tiene en sí el código para hacerlo.

Lo mismo ocurre contigo. Si deseas libertad, amor, creación, es porque esas posibilidades ya existen en ti, esperando ser cultivadas.

El maestro y la lámpara

Un cuento sufí habla de un discípulo que se quejaba a su maestro diciendo:

—Siento deseos que me torturan. ¿No sería mejor apagarlos?

El maestro tomó una lámpara de aceite y le preguntó:

—Si esta lámpara desea arder, ¿la culpas por eso?

—No —respondió el discípulo—, porque fue hecha para dar luz.

—Entonces —dijo el maestro—, ¿por qué culpas a tu corazón por desear? Fue hecho para expandirse.

El problema no es el deseo. El problema es cuando lo diriges hacia cosas que no te nutren, como la lámpara que arde con aceite sucio.

Purificar el deseo

¿Cómo saber si tu deseo es auténtico o superficial? Hay una prueba sencilla:

El deseo auténtico te expande, te hace sentir vivo aunque aún no se cumpla.

El deseo superficial te esclaviza, te encoge, te hace sentir vacío aunque lo alcances.

Ejemplo: desear un título solo para impresionar puede dejarte insatisfecho. Pero desear aprender y crecer en tu arte, aunque nadie lo aplauda, te llena de energía desde el inicio.

Tu tarea es discernir cuál deseo es voz de tu alma y cuál es ruido de tu ego.

El poder de alimentar lo correcto

Quiero que te imagines a ti mismo con dos animales dentro: uno hambriento de expansión y otro ansioso por distracciones. ¿A cuál alimentas más?

La respuesta determina tu destino.

Un anciano cherokee decía a sus nietos:

«Dentro de cada uno habitan dos lobos: uno de miedo y resignación, otro de confianza y deseo. El que gana es el que alimentas.»

Tu vida es el reflejo de cuál de esos lobos recibe más de tu atención diaria.

Ejercicio práctico.

Esta semana, escribe en un cuaderno los deseos que más palpitan en ti. No los censures. Luego, uno por uno, pregúntate:

—¿Este deseo me encoge o me expande?

—¿Me ata al juicio de otros o me acerca a mi verdadera voz?

Los que respondan con expansión son brújulas que debes seguir.

Quiero que te hagas una promesa íntima: no volverás a despreciar un deseo auténtico. Puede que no sepas cómo cumplirlo aún, puede que parezca imposible, pero si nació en ti, merece respeto.

Recuerda: el deseo es tu brújula. No te muestra todo el camino, pero sí la dirección correcta. Si lo sigues con constancia, la vida se encargará de desplegar los detalles.

Grábate esta enseñanza: el deseo no es ausencia, es anuncio.

Cuando lo sientas, no pienses “me falta algo”, piensa: “se me está revelando algo que ya existe en mí y busca manifestarse”.

Así, dejarás de ver tus anhelos como cadenas y empezarás a vivirlos como alas.

Capítulo 5: La verdad que libera

Ya hemos hablado de conciencia, de asumir y de la brújula del deseo. Pero ahora necesitamos dar un paso crucial: diferenciar la verdad que ata de la verdad que libera.

Porque no toda verdad es igual. Algunas son como cadenas invisibles y otras son llaves que abren puertas. El desafío está en reconocer cuál es cuál.

La trampa de las “verdades heredadas”.

Desde que eras niño, fuiste recibiendo verdades de tu familia, de la escuela, de la cultura, incluso de la religión. Algunas eran útiles: “no toques el fuego porque quema”. Pero otras eran grilletes disfrazados: “no eres lo bastante bueno”, “ese sueño es imposible para gente como tú”, “el mundo es cruel y no se puede cambiar”.

¿Te das cuenta? Esas frases, repetidas, se convirtieron en verdades heredadas que moldearon tu conciencia. Y lo peor es que muchas veces las aceptamos sin cuestionar.

Lo que quiero enseñarte hoy es que no toda verdad que recibes merece permanecer en tu vida.

La diferencia entre lo real y lo verdadero

Quizá te preguntes: “¿Pero no es la verdad siempre la verdad?”

Aquí está el matiz: lo real es lo que ocurre, lo que puedes percibir ahora mismo. Lo verdadero es lo que trasciende, lo que te libera.

Un ejemplo: alguien puede decir “estoy arruinado”. Esa es una realidad momentánea, pero no necesariamente es la verdad. La verdad liberadora es: “soy capaz de reconstruirme, tengo en mí la fuente de creación”.

La realidad describe un estado pasajero; la verdad te conecta con tu potencial eterno.

En el siglo XVI, un navegante portugués llamado João de Castro fue apresado en la India. Durante meses estuvo encadenado en una celda oscura. Un día, escribió en un pedazo de pergamino:

«Mis cadenas son reales, pero no son mi verdad. La verdad es que sigo siendo navegante, aunque mis pies no toquen la cubierta de un barco.»

Esa convicción lo sostuvo hasta su liberación. Y cuando volvió a Lisboa, lo primero que hizo fue embarcarse de nuevo.

¿Ves la diferencia? Las cadenas eran reales, pero la verdad liberadora era su identidad interior.

Un médico árabe medieval, Ibn Sina (Avicena), decía:

«La verdad es medicina para el alma enferma.»

No se refería solo a diagnósticos médicos, sino a la capacidad de cambiar la manera en que una persona se percibe. Quien cree que está condenado se marchita; quien descubre una verdad que lo expande empieza a sanar, aunque su cuerpo aún esté débil.

Por eso insisto: la verdad correcta no solo informa, transforma.

¿Cómo encontrar la verdad que libera?

Aquí te dejo una guía sencilla. Cada vez que te digas algo a ti mismo, pregúntate:

¿Esto me encadena o me expande?

¿Esto me limita o me abre posibilidades?

¿Esto me hace sentir pequeño o me recuerda que soy parte de algo más grande?

Si lo que piensas de ti mismo te encoge, no es la verdad, es solo una creencia disfrazada.

Un discípulo le preguntó una vez a un maestro taoísta:

—¿Cómo sé si una creencia es verdadera?

El maestro le mostró un espejo sucio y dijo:

—Mira, ¿qué ves?

—Apenas un reflejo borroso —respondió el discípulo—.

—Entonces limpia el espejo. Lo verdadero siempre te permitirá verte más claramente, no más opaco.

Así ocurre con tus pensamientos: la verdad que libera te da claridad y fuerza, no confusión ni resignación.

Piensa en alguien que ha perdido su empleo. La realidad puede decirle: “ya no tienes trabajo”. Pero si acepta esa como la única verdad, se hundirá.

En cambio, si descubre una verdad liberadora —“tengo habilidades, puedo crear nuevas oportunidades, esta es una transición y no un final”—, entonces esa verdad lo empuja hacia adelante.

¿Lo notas? Lo liberador no es negar la realidad, sino darle un nuevo significado.

Quiero advertirte de algo: las medias verdades son las más peligrosas.

Por ejemplo, alguien puede decir: “el mundo está lleno de injusticias”. Es cierto en parte. Pero si te quedas ahí, te paralizas. La verdad completa es: “sí, hay injusticias, y también hay en mí la capacidad de aportar justicia y luz”.

La media verdad esclaviza; la verdad completa libera

Ejercicio práctico.

Te propongo un ejercicio. Toma tres frases limitantes que hayas repetido últimamente. Por ejemplo:

“No soy bueno en esto”.

“Siempre fracaso”.

“No tengo suerte”.

Ahora, reescríbelas en forma de verdad liberadora:

“Estoy aprendiendo y cada día mejoro”.

“Cada intento me acerca más al éxito”.

“La suerte es la suma de preparación y oportunidad, y yo estoy preparándome”.

Haz este ejercicio durante una semana y observa cómo cambia tu energía.

Quiero que guardes algo en lo más profundo de ti: la verdad que no te libera no es la verdad última.

Tu tarea como aprendiz de conciencia es buscar siempre esa perspectiva que te haga más grande, más valiente, más dueño de ti mismo.

No olvides: las cadenas pueden ser reales, pero nunca son tu verdad.

Capítulo 6: La atención como fuerza creadora

Quiero que entiendas esto con claridad: lo que domina tu atención, domina tu existencia.

Muchos creen que el recurso más importante del ser humano es el tiempo. Pero no es cierto. ¿De qué sirve tener horas y horas si tu atención está dispersa, atrapada en preocupaciones o distracciones?

La verdadera riqueza está en tu capacidad de dirigir la atención. Por eso digo que la atención es la moneda con la que compras tu realidad. Lo que pagas con ella, lo experimentas.

En 1907, el botánico indio Jagadish Chandra Bose realizó un experimento poco citado: colocó dos plantas idénticas en condiciones similares. A una le habló con afecto y cuidado; a la otra la ignoró por completo. Ambas recibieron agua y sol. ¿El resultado? La primera floreció con vigor; la segunda se marchitó antes de tiempo.

¿Qué hizo la diferencia? La atención. Aunque la ciencia aún debate estos efectos, lo cierto es que tu vida funciona igual: aquello en lo que pones tu atención florece; lo que descuidas se marchita.

Vivimos en una época donde todo compite por tu atención: notificaciones, pantallas, conversaciones, preocupaciones. Pero quiero decirte algo incómodo: cada vez que cedes tu atención sin conciencia, renuncias a tu poder creador.

Es como si alguien viniera cada día a robarte monedas de oro y tú se las entregaras sin protestar. Al final, cuando quieras construir tu casa interior, descubrirás que no tienes con qué pagarla.

Un relato japonés cuenta que un aprendiz de tiro con arco preguntó a su maestro cómo alcanzar siempre el blanco. El maestro le respondió:

—Tu problema no es la flecha, es la mirada. Allí donde tu atención se quiebra, tu tiro se desvía.

Lo mismo ocurre contigo. No importa cuán grande sea tu deseo ni cuán noble tu propósito: si tu atención se dispersa, tu vida se desvía.

Quiero que imagines una lupa bajo el sol. La luz siempre está presente, pero solo cuando pasa a través de esa lente concentrada se vuelve capaz de encender fuego.

Así funciona tu conciencia. Siempre está ahí, pero solo cuando enfocas tu atención se convierte en fuerza capaz de transformar.

¿Cómo entrenar la atención?

Ahora quiero darte herramientas prácticas. La atención, como un músculo, puede entrenarse:

1: Ejercicio de la reversión del día: antes de dormir, repasa mentalmente tu día en orden inverso, desde el último momento hasta el primero. Esto fortalece tu capacidad de dirigir la mente sin dejarla vagar.

2: El minuto consciente: varias veces al día, detente un minuto y enfoca toda tu atención en tu respiración. No luches con los pensamientos, solo regresa una y otra vez al aire que entra y sale.

3: El foco en el deseo cumplido: elige un estado que quieras experimentar (salud, confianza, serenidad) y mantén tu atención en la sensación de que ya lo vives. Hazlo con calma, sin tensión, como quien disfruta una melodía.

Con estos simples ejercicios, estarás entrenando la habilidad más valiosa de tu vida.

El filósofo checo Ladislav Klíma escribió:

«La verdadera libertad no está en hacer lo que quieras, sino en poder dirigir tu atención hacia lo que eliges.»

Piensa en esto. No eres libre si tu mente se deja arrastrar por cada ruido externo. Solo eres libre cuando decides conscientemente qué merece tu mirada interior.

Imagina que quieres mejorar tu relación con alguien cercano. Si tu atención está en sus defectos, verás cada día motivos para molestarte. Pero si enfocas tu atención en sus virtudes, empezarás a notar detalles que antes pasaban desapercibidos. Con el tiempo, esa relación cambiará.

¿Entiendes? No cambió la persona; cambió tu atención y, con ella, tu experiencia.

La atención y la creación

Quiero que grabes esto: tu atención es el cincel con el que esculpes la materia prima de la conciencia.

Cada vez que sostienes una imagen, un estado, una emoción en tu atención, estás moldeando la realidad que vendrá.

No se trata de esfuerzo ciego, sino de consistencia. Igual que el agua que cae una y otra vez sobre la roca termina por abrir camino, así tu atención repetida abre surcos en la existencia.

Quiero dejarte con una práctica sencilla: durante los próximos días, observa dónde gastas tu atención. Anótalo. Verás que gran parte se va en pensamientos inútiles o preocupaciones sin fruto.

Luego, decide conscientemente redirigir esa atención hacia lo que deseas crear. Hazlo con calma, como quien mueve un faro para iluminar un nuevo puerto.

Recuerda: la atención no solo observa, crea. Y lo que enfocas con persistencia se convierte en tu mundo.

Capítulo 7: La imaginación como taller de lo invisible

Hemos hablado de conciencia, deseo, atención… pero ahora toca una herramienta que ha sido malinterpretada y subestimada: la imaginación.

Muchos piensan que la imaginación es un juego de niños, un lujo para artistas o una distracción para soñadores. Pero quiero que lo veas con otros ojos: la imaginación es el taller secreto donde fabricas tu futuro.

En la escuela, quizá te dijeron: “Deja de imaginar, vuelve a la realidad.” Pero lo que no te dijeron es que todo lo que hoy llamas realidad nació primero como imaginación en alguien.

La lámpara que ilumina tu habitación, el puente que conecta dos ciudades, la música que escuchas… todo existió primero en la mente de alguien antes de tomar forma.

Entonces, ¿por qué despreciar la herramienta más poderosa que posees?

Quiero que veas tu imaginación como un taller invisible. Allí, tú eres arquitecto, pintor y escultor al mismo tiempo. Cada imagen que sostienes con viveza en tu mente es como un boceto que, tarde o temprano, busca convertirse en obra terminada.

El problema es que la mayoría de las personas usan ese taller para fabricar preocupaciones en lugar de posibilidades. Imaginan accidentes, fracasos, discusiones… y luego se sorprenden de que esas cosas aparezcan en su vida.

¿Te das cuenta? La imaginación crea tanto lo deseado como lo temido. Por eso necesitas aprender a dirigirla con sabiduría.

En el siglo XIX, un joven ingeniero francés llamado Ferdinand de Lesseps enfermó gravemente durante un viaje. Mientras convalecía, imaginaba con obsesión un canal que uniera el Mediterráneo con el Mar Rojo. Décadas más tarde, esa visión se convirtió en el Canal de Suez, una de las obras más impresionantes de la historia.

¿Crees que fue casualidad? Para nada. Fue el poder de una imaginación sostenida, alimentada, pulida día tras día hasta hacerse tangible.

La imaginación no es fantasía

Quiero que grabes esto: la fantasía te distrae, la imaginación creadora te transforma.

La fantasía es como una nube que pasa; la imaginación creadora es como un río que cava su cauce.

La diferencia está en la intensidad y la persistencia con que sostienes una imagen interior hasta sentirla como real.

No basta con imaginar de manera fría, como quien proyecta una película en la pared. La clave está en sentir dentro de ti la emoción de esa imagen cumplida.

Si imaginas salud, siéntete ya caminando con ligereza.

Si imaginas prosperidad, siente la seguridad y la gratitud de quien ya vive en abundancia.

Si imaginas reconciliación, experimenta la paz de ese abrazo.

La emoción es el color que da vida a tu pintura interior.

El maestro del sueño consciente

Se cuenta que un maestro sufí enseñaba a sus discípulos a “dormir con imágenes nobles”. Antes de cerrar los ojos, les pedía que imaginaran vívidamente el estado que querían vivir. Según él, durante el sueño esas imágenes se hundían en lo más profundo del alma y germinaban como semillas.

Hoy la neurociencia confirma que lo último que piensas antes de dormir influye en tu mente subconsciente. Así que este consejo antiguo es también un ejercicio práctico para ti: usa tus noches como campo de siembra de la imaginación.

Un navegante islandés del siglo XIV, llamado Flóki Vilgerðarson, fue ridiculizado porque insistía en que existía tierra más allá del mar abierto. Nadie le creyó. Pero Flóki no dejó de imaginar aquella isla. Partió en un viaje arriesgado y terminó descubriendo lo que hoy llamamos Islandia.

Imagina cuánta fuerza interna necesitó para sostener su visión cuando todos lo llamaban loco. Esa es la diferencia entre soñar superficialmente y imaginar con convicción.

Cómo usar la imaginación en tu vida

Déjame guiarte con pasos concretos:

1: Siembra una imagen clara. No digas solo “quiero éxito”, sino imagina la escena exacta: ¿qué haces?, ¿dónde estás?, ¿quién te acompaña?, ¿qué sientes?

2: Involucra tus sentidos. Escucha los sonidos, huele los aromas, toca las texturas. Cuanto más rica la escena, más real se vuelve para tu mente.

3: Sosténla en calma. No se trata de forzar, sino de disfrutarla como quien contempla un cuadro hermoso.

4: Repite con constancia. Una sola chispa se apaga, pero un fuego alimentado día tras día ilumina toda la habitación.

El enemigo de la imaginación: la duda.

Quiero ser sincero contigo: la duda es la termita que carcome la madera de tu imaginación. Cada vez que piensas “¿y si no funciona?”, debilitas la construcción interior.

Por eso es vital que protejas tu taller. Cuando la duda aparezca, no la combatas con furia, simplemente reemplázala con una nueva imagen poderosa.

Ejercicio práctico.

Durante los próximos siete días, dedica cinco minutos cada mañana y cada noche a imaginar una escena que represente el cumplimiento de tu mayor deseo actual. Hazlo con emoción, con calma, con gratitud.

No busques señales inmediatas. Solo confía en que estás sembrando en tu taller invisible lo que pronto verás manifestado afuera.

Te voy a pedir que te grabes esta frase: la imaginación no es un escape de la realidad, es el plano secreto donde la realidad futura se diseña.

Tu vida entera, desde lo más sencillo hasta lo más grandioso, comienza con lo que permites nacer en tu imaginación.

Así que, de ahora en adelante, no desprecies tu capacidad de soñar. Úsala como el artesano usa sus manos: para dar forma a lo invisible hasta hacerlo visible.

Capítulo 8: La vida como creación consciente

Hemos recorrido juntos un camino profundo: descubriste tu conciencia como escenario, aprendiste el arte de asumir, comprendiste el deseo como brújula, la verdad que libera, el poder de la atención y la imaginación como taller de lo invisible.

Ahora toca dar el paso más importante: unir todo esto en tu vida cotidiana y vivir como creador consciente.

Muchos piensan que estas enseñanzas son hermosas, pero que pertenecen a un ámbito abstracto, lejano de la vida práctica. Como si la conciencia solo sirviera para meditar en silencio, pero no para pagar facturas, criar hijos o enfrentar dificultades.

Déjame corregirte: la conciencia no es un lujo espiritual, es la base de tu existencia diaria.

Lo que piensas de ti mismo cuando te levantas, cómo respondes en una discusión, cómo interpretas una pérdida o un triunfo… todo es creación consciente o inconsciente.

Quiero que recuerdes algo que quizá ya has intuido: la vida es espejo, no mural.

El mural está fijo, pintado para siempre. El espejo refleja lo que le pongas delante.

Si tu estado interior es de miedo, la vida te devuelve circunstancias que lo confirman. Si tu estado es de confianza, el espejo devuelve rostros y oportunidades que vibran con esa confianza.

Por eso, lo esencial no es manipular el espejo, sino cuidar lo que pones frente a él.

En una aldea de Marruecos, se contaba la historia de un tejedor que siempre producía tapices incompletos. Sus clientes se quejaban: “faltan hilos, faltan colores.” Un anciano lo observó un día y le dijo:

—Tu error no está en el telar, sino en tu mente. Siempre imaginas el tapiz a medio hacer, y eso es lo que plasman tus manos.

El tejedor aprendió entonces a visualizar cada obra terminada antes de comenzar. Desde ese día, sus tapices se volvieron famosos.

¿La enseñanza? Tu vida es un tapiz. Si la imaginas incompleta, así la vivirás. Si la imaginas plena, así se tejerá.

Sé que ahora podrías preguntarme: “¿Y qué pasa con el dolor, con la enfermedad, con las pérdidas? ¿También son creaciones mías?”

Escucha con atención. La vida humana incluye desafíos, sí. Pero tu poder no está en evitar que existan, sino en decidir desde qué conciencia los enfrentas.

Un mismo obstáculo puede ser el final para quien se asume víctima, o el inicio de una transformación para quien se asume creador.

El dolor es real, pero el significado que le das surge de tu conciencia

Quiero proponerte una rutina sencilla, una especie de brújula diaria para vivir como creador consciente:

Mañana – Elijo quién soy. Al despertar, dedica unos minutos a afirmar: “Hoy soy…” y completa con la identidad que deseas asumir. Hazlo con calma, no como consigna mecánica, sino como declaración íntima.

Día – Dirijo mi atención. Durante tus actividades, observa hacia dónde se escapa tu atención. Si se va a la preocupación o al juicio, tráela de vuelta al estado que elegiste en la mañana.

Noche – Reviso mi creación. Antes de dormir, repasa tu día y pregúntate: ¿qué sembré hoy en mi conciencia? Luego, imagina la escena de mañana ya vivida como deseas.

Si aplicas esto con constancia, empezarás a experimentar cambios que parecerán milagrosos, aunque en realidad son leyes naturales de tu ser interior.

La fuerza de la constancia

Un sabio hindú anónimo escribió en un manuscrito hallado en Benarés:

«El río no corta la roca por su fuerza, sino por su constancia.»

Tu conciencia funciona igual. No necesitas hacer un esfuerzo titánico, sino mantener con constancia tu nuevo estado. Día tras día, gota tras gota, tu vida externa se ajustará a tu vida interna.

No olvides nunca que llevas dentro un tesoro que nadie puede robarte: tu imaginación. Mientras tengas la capacidad de cerrar los ojos y crear un estado interior, nunca estarás derrotado.

Los imperios caen, las circunstancias cambian, pero tu taller invisible permanece intacto. Ese es tu refugio y tu poder.

Quiero hablarte como si estuviéramos frente a frente. Quiero que entiendas que este libro no es un punto final, sino un comienzo.

Tú no eres un lector pasivo. Eres el protagonista de esta enseñanza. Cada palabra que recibiste aquí es semilla, pero la tierra eres tú. Solo tú puedes regarla con práctica, con persistencia, con amor hacia tu propio ser.

No esperes que el mundo cambie primero. Sé tú el cambio en tu conciencia y observa cómo la vida responde como eco fiel.

El legado que puedes dejar

Imagina, por un momento, que alguien cercano a ti observa tu transformación. Verá cómo hablas diferente, cómo reaccionas con más calma, cómo avanzas con confianza. Y quizá se pregunte: “¿Qué ha cambiado en él?”

Ese será tu legado: demostrar, con tu ejemplo, que la vida puede vivirse como creación consciente y no como accidente ciego.

Ahora te voy a dejar con una frase que condensa todo este camino:

“La conciencia no es el espectador de tu vida, es el autor de tu historia.”

De ahora en adelante, camina sabiendo que no estás atrapado en un destino fijo. Cada día es una página en blanco. Cada pensamiento consciente es una línea escrita. Cada emoción persistente es un capítulo que toma forma.

Y tú, querido lector, ya no eres solo aprendiz. Ahora eres creador.

Haz de tu vida la obra más bella que tu conciencia pueda imaginar.

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Oscar González
Oscar González
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